domingo, 19 de septiembre de 2010

Sobre el paradero del poeta

Sobre el paradero del silencio

Enfermó de altura,
Sus letras siempre volaban.
Se perdió en el vacío del espacio
Por subir a pintar las estrellas.
Se quedó cojo,
Cuando trato de alcanzar el horizonte.
Y se ahogó en un charco
Cuando intento soñar con los peces.

Dicen que su poesía planeaba,
Que sus versos eran de aire,
Palabras de aire y en el aire vivas,
Que no hallaron más que smog y torres barrocas
o góticas campanas de la misa.
Dicen que nació en una tierra de dioses-narcisos,
Entre olores de carnes extrañas,
Y pueblos impronunciables en lengua castellana.

Otros dicen en cambio, que su poesía era de astros
Y se perdió en las yacatas silenciosas,
Que vinó a coserse como reboso,
O a tallarse sobre el madero.
Que sus líneas se ennvolvieron entre redes
De los pescadores de la “puerta del cielo”,
Que se abandonó en una isla,
Y de cobre le hicieron su encierro.

Antes que la caña tuviera el hongo,
El ya se había configurado en santo,
Se perdió entre mojarras y charales,
Conversando quizás con la culebra,
En los diálogos interminables en el dilecto de la piedra.
Dicen que poetizaba sobre el cielo,
Porque el cielo bajo el que poetizaba era el mundo entero,
Que en su ciudad todavía aún nacían las estrellas,
y la cantera todavía retiene su llanto.

Dicen que lleva una máscara de anciano,
Otras veces una de aberrante alebrije burlesco;
Baila como iguana, recolecta la flor de muerto
Y hace pan de ceniza y nata.
Dicen que se encuentra en la nieve del Tancítaro,
En el diptongo impronunciable del tarasco;
Dicen que los colibrís dibujan sus versos
En el húmedo calor del chubasco.

Dicen que olvidó el alfabeto, porque su pueblo era iletrado
Que tanto surrealismo lo consumió en el delirio
Y que ahora toca un son en cualquier quiosco.
Dicen que es un pez blanco enceguecido
Por los rostros de los dioses que se reflejan en su lago.
Hay nombres extraños,
Trabalenguas que no esperan la poesía
Y la recrean en pronunciaciones
Que forzan a la lengua a hacer cosquillas.

Trepó a los cerros que paren mártires,
Entró a los bosques que escupen santos,
Nado entre las aguas de pecesvque sueñan el ocaso
Dormidos bajo la mirada de los dioses.
Se perdió entre las ruinas de basalto,
Ahulló en el pueblo del coyote – Ihuatzio –
Se arrojó al cráter del volcán que duerme,
Y se perdió en una cañada, con 11 pueblos
Que nadie conoce.

Era tan anónimo comos los lugares
Casi mágicos de donde venía,
Cubiertos a veces por la niebla
Ya sea del mito, ya sea de la miseria,
Se disgregó en la multiplicidad incontenible
Dejo el caos para volverse tierra.

Gerardo Cielorraso.

No hay comentarios: