sábado, 26 de octubre de 2013

Acerca de eso que llamamos "silencio que habla"

¿No habría un habla del silencio?
Esta pregunta sólo apunta algunas breves reflexiones que me tomaron por sorpresa cuando pasé casi dos horas en silencio, viendo el atardecer desde un hermoso balcón escondido en mi ciudad. Como la  poesía me ha enseñado, el intento por mostrar al mundo tal como es vívido conduce pronto a la negación de la palabra, y ésta, en su límite, al silencio. Pero ¿es capaz de indicar algo el silencio?
Comienzo por descartar el silencio como simple ausencia de todo lenguaje. El mutismo nada dice. No pertenece al habla sino a su carencia y sería vano discutir algo sobre él. También quisiera ignorar el otro tipo de silencio,  lleno de aspectos y sugerencias, pero que aquí no puedo exponer. Me refiero al silencio como  "señal" de ciertas vivencias psíquicas: la reserva que distingue a un alma grave o recogida; el silencio manso que oculta una actitud humilde o el altivo silencio que anuncia orgullo y desprecio; el noble silencio de quien escucha y el silencio farisaico de quien juzga. En estos casos el silencio es índice de una actitud espiritual o de un estado de ánimo y puede ofrecer una ventana abierta para el estudio de la intimidad ajena. Pertenece a un estilo de conducta, al modo como el  hombre se muestra exteriormente, ante los demás o ante él mismo. Está emparentado con el gesto y la fisionomía. Igual que un ceño airado o un ademán impulsivo, puede ser signo de un acontecer psíquico, más no significa, no designa nada acerca del mundo entorno. Por eso elijo no desarrollar más el tema; ahora sólo me interesa el silencio como componente de una lenguaje capaz de referir al interlocutor a cosas distintas de él mismo; me interesa como elemento significativo.
Siempre he pensado  que hay un silencio que acompaña al lenguaje como su trasfondo, o mejor, como su trama. La palabra lo interrumpe y retorna a él. Parece surgir de su seno, llenarlo mientras se pronuncia y hundirse en él cuando cesa. Sin un fondo uniforme y homogéneo en que se destaquen, las palabras no podrían separarse, conjugarse, dibujar una estructura. Este silencio es la materia en que la letra se traza el tiempo vacía en el que fluyen los fonemas. En otras formas de expresión tiene también su equivalente: en a  pintura, es el fondo sin color ni forma que permite, por ejemplo, el matiz del claroscuro; en la arquitectura, los vanos y  el vacío que separan y enlazan las masas tectónicas.
Este trasfondo de la palabra tiene también su lugar entre los signos materiales que emplea el lenguaje. La escritura cuenta con los signos de puntuación para señalarlo, y en la notación musical hay signos que llevan justamente el nombre de "silencios". Las pausas, el ritmo, que encuadran la palabra oral, la subrayan o destacan, son signos lingüísticos igual que lo fonemas. Pero todos ellos sólo fungen como la trama o el linde de los elementos propiamente significativos del lenguaje. En este sentido, son signos que no se refieren a nada, sino que sólo permiten la organización de los otros elementos del lenguaje. Ellos mismos no significan aún nada.
Sin embargo, en casos determinados, los silencios del lenguaje parecen rebelarse contra ese papel acompañante y querer, también ellos, significar algo. Por lo pronto su pretensión es modesta: sólo quieren designar palabras que los suceden en la trama del lenguaje. Antes de aparecer una palabra, puede haber un silencio que la anuncie. Hay pausas que indican claramente la inminencia de una frase desconcertante o imprevista; oradores y actores saben hacer buen uso de ellas. Semejante papel pueden desempeñar en la escritura los puntos suspensivos o los dos puntos y, en la música, algunos silencios tensos que indican la  inminencia de una clímax o de una melodía particularmente expresiva. En estos casos es obvio que el  silencio no sólo enlaza elementos significativos del lenguaje, también  él empieza a brotarle una vaga significación propia. Indica algo distinto de él, se refiere a otra cosa ¿A qué? A la palabra u oración que viene. Pero no  significa una palabra u oración cualquiera, sino una palabra que tenga cierto carácter expresivo. En forma vaga e imprecisa parece balbucir: "¡Atención! ¡Algo digno de nota va a pronunciarse!" Indica, en suma, una palabra tal que de algún modo no es la que fácilmente podría adivinarse o esperarse del anterior contexto. El silencio empieza a anunciar la cualidad expresiva de las cosas, aunque sólo sea por lo pronto de las meras palabras.
En este nivel, el silencio es aún simple accesorio, apéndice del contexto que lo precede de inmediato; prolonga la palabra que antecede y, sólo por ello, puede anunciar la que viene. Así, el sentido de la "suspensión" de los puntos suspensivos depende de la palabra que los precede; el de la pausa musical de la frase que acaba de silenciarse. Por otra parte, es patente que no muestra nada fuera del lenguaje mismo; la función de mostrar cosas aún le está vedada.
Pero me detengo en otro caso. Ahora el silencio suplanta a una palabra u oración y toma sobre sí la función significativa que ésta tendría de pronunciarse. Allí donde el contexto o la situación del diálogo exigiría una palabra, aparece un silencio. La palabra está "implícita", "sobreentendida" en él y el interlocutor comprende con el silencio lo mismo que comprendería si la palabra se expresase. Estos silencios son muchos  y sus significaciones varían al infinito. Hay silencios cómplices que sin palabras dicen lo que el otro quería escuchar Hay silencios que reprueban y condenan, y otros que otorgan y entregan. Hay silencios tímidos que expresan sin querer la palabra que no quiere pronunciarse y silencios perplejos que vacilan en ofrecer una palabra. En todos estos casos, es evidente que el silencio no sólo señala el estado de ánimo de la persona (su reprobación o disgusto, su pudor o su duda), también significa algo acerca de una  situación objetiva: significa lo mismo que en cada caso significaría la palabra que reemplaza. Por ello su significación es variable, ocasional, depende siempre del contexto en que se encuentra.
Pero  a través de todos sus significados variables, ¿no habrá una función significativa a todos esos silencios sea cual fuere el contexto en que se encuentren? Sólo si la hubiera podría decir que el silencio mismo significa. De lo contrario, sería la palabra implícita en el silencio, no formulada pero capaz de ser comprendida o adivinada por el oyente, la que propiamente significaría; el silencio no añadiría ningún matiz propio a la significación de esa palabra. Para investigar este punto propongo lo siguiente: reemplazar el silencio por la palabra correspondiente que sugiere y, si obtengo la misma significación, podría decir que el silencio no ha añadido a la palabra que reemplaza ningún matiz significativo propio. Pero si, por el contrario, la palabra no  dice exactamente lo mismo que el correspondiente silencio, podría descubrir la significación propia de éste.
Daré un par de ejemplo. Primero, contemplo con un amigo alguna obra de arte,  él desea mostrar sus conocimientos y profiere alguna observación que, al querer ser profunda, sólo acierta a ser pedante o cursi. Me mira buscando mi respuesta; yo guardo silencio. El silencio reemplaza una palabra de reprobación cortés. Con todo, sentimos  que si lo sustituyéramos por esa palabra, algo de la significación quedaría perdido. Pues no sólo significa que las palabras de mi amigo son impertinentes, esto es, que no están adecuadas al objeto presente a que se refieren; también significa que ante esa situación lo mejor es callarse, esto es que mis propias palabras tampoco serían adecuadas. Vagamente expresa mi silencio: "Lo que has dicho no es pertinente. Pero  si te  lo dijera, yo mismo diría otra impertinencia. Ante esto, lo mejor es callarse." Dirá alguien que entonces podríamos suplir el  silencio  justamente por estas palabras que acabo de escribir. Tampoco. Porque estas palabras, que intentan traducir lo que dice el silencio, no dicen lo mismo que éste. Decir que ante algo más vale callarse, es decir algo, algo que a su vez es improcedente; quien lo diga no dirá lo mismo que quien calle; quien lo diga formulará también un juicio inadecuado sobre lo que contempla puesto que no cumplirá con el requisito de callarse. La prueba es que esa frase puede sonarnos tan pedante, tan impertinente como cualquier otro encomio semejante.
Es el mismo tipo de silencio que podría presentarse si alguien me indicara algún hecho digno de asombro y yo respondiera con un silencio.Sin palabras, mi interlocutor escucha claramente: "no hay palabras para expresar eso". Mas si pronunciara esta frase tampoco diría palabras que expresaran eso. Por ello, lo único capaz de significado cabalmente es la negación de toda palabra. Así, el silencio significa, además de la palabra que reemplaza,la circunstancia de que esa palabra no es adecuada para figurar la situación objetiva en cuestión, o --a la  inversa-- que la situación presente no puede proyectarse en la estructura del discurso.
Pero quiero exponer aún ejemplo contrario: el silencio que aprueba o consiente. Alguien solicita un favor  yo callo él comprende mi asentimiento: ¿no dicen que quien calla otorga? Mi silencio reemplaza ahora una afirmación; pero no significa lo mismo que ésta. Significa también que esa afirmación no debe ser dicha. Dice que es una afirmación reservada, reticente, una afirmación a medias. Concede y  a la vez niega esa concesión. "Te otorgo lo que pides" dice, mas al no  pronunciar esas palabras, significa también que ellas no se adecuan al género de asentimiento otorgado; al callar dejo sentado que otorgo pero no asumo mi asentimiento. En suma, significo que mi afirmación no se adecua a a situación objetiva, no responde a mi íntima voluntad ni  describe la verdadera situación de nuestras relaciones personales.
Si analizara otros ejemplos semejantes, vería siempre una situación parecida: el silencio significa en cada contexto algo distinto; pero además añade a ese significado un matiz propio: que la palabra no es adecuada al modo como las cosas entorno se presentan, que no puede figurarlas con precisión. Esa es la significación propia del silencio. Propiamente se refiere al lenguaje en cuyo contexto aparece: deja comprender una palabra y, al mismo tiempo, la cancela al mostrarla inadecuada a la realidad que pretende denotar. Así, significa que la palabra es algo limitado y que la situación vivida la rebasa. Porque, al significar los límites de la palabra, muestra posibilidades de la palabra. El silencio se refiere inmediatamente a la palabra; pero, al negar la palabra, muestra el hiato que separa la realidad vivida, del lenguaje que intenta representarla. El silencio es la significatividad negativa en cuanto tal: dice lo que no son las cosas vividas; dice que no son cabalmente reducibles a lenguaje. Mas esto tiene que decirlo desde el seno mismo del lenguaje.
No es extraño que, en el seno de determinados contextos expresivos, aparezcan silencios  que designen directamente lo singular, lo portentoso, lo "otro" por excelencia. El silencio indica entonces una presencia o situación vivida que, por esencia, no puede traducirse en palabras; algo incapaz de ser proyectado en cualquier lenguaje. Aun en el mundo cotidiano, doquiera asome un dejo de fantasía, se encuentran estos silencios: sobre un alambre tendido en la altura baila una pequeña figura. El tambor resuena; de pronto, un silencio. Las miradas se fijan en el frágil hombrecillo. El silencio señala la angustia de la espera, además significa la inminencia del portento. Algo inesperado, maravilloso va a hacer aquel hombre. El silencio nos ha abierto de nuevo al asombro ante el mundo.
Todo lo  inusitado y singular, lo sorprendente y extraño, rebasa la palabra discursiva; sólo el silencio puede "nombrarlo". La muerte y el sufrimiento exigen silencio, y la actitud callada de quienes los presencian no sólo señala respeto o simpatía, también significa el misterio injustificable y la vanidad de toda palabra. También el amor, y la gratitud colmada, precisan silencio.
El silencio, por fin, ha sido siempre el habla para designar lo extraño por antonomasia: lo Sagrado. "Yahwé está en su templo sagrado --dice el profeta Habuc-- ante Él guarde silencio el mundo."El mundo entero se mantiene en suspenso; sólo al detener su algarabía puede  hablar de su Creador. Por ello, los gnósticos designaban a Dios con la palabra "Sigè", silencio. Y cuando los hindúes desean  significar el primer principio el Brahma, sólo pueden decir que es aquello que ninguna palabra nombra.
En un Upanishad,que sólo conozco  por lo mencionan Villoro y Calasso, se narra la siguiente historia: un joven pregunta a su maestro por la naturaleza de Brahma; el maestro calla. El discípulo insiste; idéntica respuesta. Por tercera vez, ruega: "¡Señor por gracia, enseñadme!"Entonces el maestro contesta: "Te estoy enseñando pero tú no entiendes. Brahma es silencio"; de lo contrario el maestro no hubiera preferido callar a pronunciarla. El silencio significa que ninguna palabra, ni siquiera "silencio", es capaz de designar lo absolutamente otro, el puto y simple portento. Mas en qué consista esto dice el silencio; sólo muestra "algo" como pura presencia, incapaz de ser representada por la palabra.
Por paradójico que a primera vista parezca, en todos estos casos nos vemos obligados a admitir cierta función significativa propia  del silencio. No quisiera olvidar, empero que  éste sólo puede significar en el contexto de un lenguaje; y sólo el contexto determina cuándo un silencio resulta significativo. Un silencio separado de toda palabra no diría nada; su condición de posibilidad --en cuanto significación-- es la palabra. Porque el hombre es un "animal provisto de la palabra", puede guardar un silencio significativo. En la medida en que el silencio signifique es, pues, un elemento del lenguaje, al igual que la palabra discursiva, del cual no puedo prescindir al tratar de definirlo.
Pero es el elemento más rebelde del análisis. Los símbolos lingüísticos figuran la realidad para poder representarla; el silencio significativo en cambio, no figura ni representa nada. Sólo muestra una presencia tal que ni puede ser representada por el símbolo. Por una parte, señala los límites esenciales de la palabra; por la otra, indica la pura presencia ahí, inexplicable, de las cosas. No suministra conocimiento alguno acerca de cómo sean las cosas, sólo dice que las cosas son, y que este su ser es inexpresable por la palabra. De Dios, de la muerte, del sentimiento del amor, del  hecho mismo de que algo exista no puedo dar cuenta con palabras, sólo puedo mostrar su incomprensible presencia.
Por otra parte, el silencio es una posibilidad del habla que, de realizarse, suprimiría al habla misma: es la posibilidad de su propia imposibilidad. Pero es una posibilidad que constituye al habla, de la que ésta no puede prescindir. Al igual que la muerte es una posibilidad que constituye la vida y no le es ajena --de tal modo que no sobreviene desde fuera sino que está entrañada en el hecho mismo de nacer y desarrollarse-- así también el lenguaje lleva en sí su propio límite. Tampoco el silencio suprime desde fuera la palabra; es, por lo contrario, un carácter esencial del lenguaje.
El silencio no puede ampliar el ámbito del mundo que el hombre puede proyectar en un lenguaje objetivo. Sólo puede mostrar los límites de ese lenguaje y la existencia de algo que por todas partes lo rebasa. Así muestra  el silencio que --por más que las significaciones verbales se enriquezcan-- siempre en el mundo habrá algo de que el hombre no puede dar cuenta con su vano discurso: la presencia misma del mundo en torno.
Con todo, el hecho de que el silencio sea intrínseco al lenguaje indica con claridad una capacidad inherente a la misma palabra; la del lenguaje negativo. De él dependería, en último término, la posibilidad de todos los lenguajes no discursivos de la poesía por ejemplo, que ocupa un lugar intermedio entre la palabra y el silencio.


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