sábado, 12 de octubre de 2013

Sobre la naturalización del poder y la tarea crítica de la filosofía.

Frecuentemente me encuentro con afirmaciones que me preocupan, tanto propias como ajenas. La forma en la que entendemos el mundo no tiene nada de "común" y mucho menos de "sentido", muy por el contrario, en ella se juegan una serie de construcciones e imposiciones históricamente determinadas. Nuestros conceptos no brotaron de la nada, individualmente los mamamos de nuestra cultural, de nuestro entorno familiar-social y de nuestro bagaje cultural (en el más amplio sentido de la palabra); socialmente los conceptos son resultado de creaciones individuales que se asumen como verdaderas y se reproducen en el discurso y la práctica. La fuerza de inercia que genera esta asunción socio-cultural de los conceptos es tal que efectivamente construyen un mundo, hacen comprensible el mundo, hacen intercomunicable la experiencia, y generan una identidad, aunque sea difusa, entre los miembros que las reproducen y las comparten. Es, digámoslo  así, normal que no nos cause extrañeza los términos y prácticas con las que actuamos en el mundo.
Pero inmediatamente surge el conflicto, nos encontramos constantemente con que nuestras conceptualizaciones no captan la realidad del todo, nos confundimos, en el mejor de los casos; en el peor de los casos ni siquiera vemos tal desface, ni siquiera nos plantea un problema lo que entendemos por bello, bueno, justo, etc... Pero no por que no nos parezca problemático significa que es verdadero. Más temprano que tarde nuestra experiencia individual y social se encuentra con la diferencia. Y entonces opera la segunda función de los conceptos sociales, la función normativa. Normamos la diferencia, esto quiere decir, la hacemos corresponder con las ideas que tenemos, pero esta vez en negativo. Si la idea que yo tengo de la mujer es una de sumisión, belleza, fragilidad e inferioridad, cuando me encuentre con cualquier mujer ya anticiparé cierta conducta que debe tener y la mujer, si comparte mi idea, se comportará efectivamente así. Pero ¿y si no la comparte? Si por alguna experiencia individual o grupal la mujer quisiera actuar diferente ¿cuál sería mi reacción ante ella? ¿Estaría en la posibilidad de admitir su comportamiento, de comprenderlo?
A nivel individual no es mucho lo que yo puedo hacer contra la diferencia, rechazo, exclusión o violencia física, psicológica o simbólica, pero siempre limitada a mis capacidades individuales. Socialmente el proceso es más siniestro. La sociedad tiene mecanismos con los que se reproduce, y con los que se autoconserva, y esos mecanismos son por ejemplo las instituciones: familia, estado, leyes. Esas instituciones funcionan con los conceptos que ya hemos nombrado, y generan ciertas conductas, norman la comprensión y excluyen como negativo, "ilegal", todo lo que esté fuera. Se justifican en que lo ilegal nos impide convivir, en que  lo diferente copta la convivencia armoniosa. ¿No es el argumento contra el derecho homosexual a la adopción el que dice que si se tolera esa práctica se altera el funcionamiento de la familia y el sano desarrollo de los niños? ¿Se tienen elementos reales para decir esto o sólo se dice porque no se tienen casos que lo comprueben?
Entonces lo social al instituir conceptos, al hacer de las ideas y experiencias colectivas, prácticas y discursos reproductibles, genera lo deseable, lo bueno, lo "normal". Pero lo social siempre se alza como un fenómeno abstracto, la  institución es aquello que para funcionar "en todos los casos" niega una especificidad. Tomemos como ejemplo de nuevo la idea de "familia", esa institución que pretende reproducir biológica e ideológicamente la sociedad naturaliza ciertas formas de relación: hombre-mujer, padres-hijos, parientes-amigos, etc. Pero es "ciega" a las variaciones,  que de hecho se dan en el mundo de la vida: hombre-hombre, negación de la relación por los vínculos sanguíneos, abandono de la tutela de los hijos, incesto, entre muchas otras. Estas relaciones se plantean como  un "afuera" de la institución como relaciones "no-familiares". ¿Es esto de suyo negativo? No precisamente, hasta que vamos al ámbito de las prácticas. En las prácticas una relación de hombre-hombre o mujer-mujer es vista como una relación no familiar a la que por lo tanto no se le pueden adjudicar los mismos derechos civiles, como el derecho de adopción, de matrimonio, de bienes mancomunados, de beneficios bancarios y de herencia etc. En la práctica esta diferencia, al no reproducir la institución, al desestabilizarla, queda excluida de una participación social. En el margen es sometida a "legislaciones especiales" en el mejor de los casos, en el peor es absolutamente ignorada.
Entonces el ámbito de lo social genera instituciones, la sociedad política antecede a la civil, si hacemos caso a los análisis de Marx. Lo civil es lo que triunfa en el ámbito político, y lo político es una domesticación de la política (del ámbito del acuerdo y del conflicto). Entonces lo social establece modos legítimos de relación política (de posibilidad de tomar acuerdos y de participar en el conflicto sin ser visto como "enemigo"). Esto quiere decir más o menos que la capacidad de los grupos e individuos de participar en la toma de decisiones colectivas está relacionada con su apego a cierta institucionalidad. Por ejemplo, sólo las familias que correspondan al concepto social de familia son pertinentes para que se les tome en cuenta en las legislaciones, reformas y prácticas sociales de lo familiar.
Todo esto tiene una base material, el hecho de que la sociedad necesita reproducirse materialmente, y adopta los medios más eficientes para esta reproducción. Lo que funciona se hace deseable, y lo deseable se hace costumbre, norma. Las clases dominantes lo que hacen es asegurar sus propia conservación manteniendo un orden social, reducen toda la reproducción social a su propia reproducción y mediante los aparatos ideológicos fomentan en el resto de  la  sociedad la idea de que es deseable el orden social que los mantiene. En esto también son actuales los análisis de Marx.
Ciertamente que tanto como dominadores como dominados reproducen un sistema y  sus  instituciones que perpetúa las diferencias (e injusticias) que genera. La clave básica de esta reproducción es la normalización de las ideas institucionalizadas a través del saber y la ley; y además la negación de la  diferencia por éstos mismos medios. Sólo basta ver la insistencia de nuestras sociedades modernas con respecto al  saber científico como fuente de verdad y como fundamento para  las nuevas legislaciones.
Entonces la sociedad hace ver a los sujetos que la conforman un mundo ya formulado, donde las relaciones sociales de inclusión y de exclusión han sido siempre de esa manera. Inclusive se reformula el pasado a partir de la situación presente (la función ideológica-mitológica de la Historia). Esto nos hace ciegos a la diferencia, invisibiliza a las llamadas "minorías" que ciertamente muchas veces no son minoritarias (el caso de las mujeres, los indígenas, homosexuales, otras razas, otras religiones). Su condición minoritaria es una condición política, no cuantitativa. Al ser invisibilizados no pueden ser efectivamente contabilizados, porque no se tienen conceptos para comprenderlos, están por decirlo así "fuera del mundo social".

¿Qué hacer?

En la misma frecuencia con la que escucho afirmaciones que naturalizan la violencia, injusticia y opresión resultantes del sistema social establecido, encuentro una resistencia a repensar los discursos. Esta resistencia se da cuando: o bien el discurso no da cuenta de sus términos (no sabe por qué dice lo que dice y cree estar "agarrando" la realidad cuando dice lo que dice); o bien se niegan a una reformulación de los mismos. Les parece una tarea ociosa, terca o egocéntrica la voluntad de cuestionar estos discursos en los que naturalizamos las cosas y en los que pretendemos comprender el mundo (aunque ciertamente comprendemos ese mundo, esa idea del mundo que es nuestra sociedad). Se dice que el pensamiento, las palabras, no pueden "modificar la realidad". Pero sin embargo esta "realidad" inmarcesible e inamovible que no se puede modificar por medio de las palabras está ciertamente expresada a través de palabras y conceptos con los que nos referimos a ella y con los que la comprendemos. No encuentro ocioso por eso mismo repensar y replantear esos términos. Frente a la invisibilización de la diferencia, un término que busque dar cuenta de esa especificidad no sólo hace comprensible un nuevo sector que antes estaba "fuera del mundo"  sino que lo introduce al ámbito del intercambio de razones. El ejercicio de repensar los conceptos, y de criticar los conceptos ciertamente aclara el mundo.
Uno de  los principales problemas para este ejercicio es que tendemos a no criticar nuestra comprensión de las cosas, ¿qué elementos tenemos para hacerlo? En realidad pocos. La mayoría de nuestros saberes reiteran y confirman nuestros prejuicios y es porque en las sociedades tecnocráticas y en las tradicionalistas el saber cumple una función no  de conocimiento sino de normatividad. Dice lo que es pensable o no coherentemente, y lo que es pensable está en función a su lugar en el mundo. Lo impensable es visto como imaginación, como locura o como simple ficción. Pocas veces con la aplicación del saber disponible podemos repensar el mundo, repensar la diferencia y la pluralidad. Es entonces que el ejercicio crítico se presenta como un ejercicio reflexivo (abandono el hecho de llamarlo filosófico porque la filosofía se ha identificado en nuestros días con una forma específica de saber y no con una actitud). Suspender esta naturalidad del mundo, o de nuestra comprensión del mundo, precisamente para disociar comprensión y realidad. Para problematizar la realidad, esto, desde Descartes, sólo se da a partir de una duda, de un ejercicio reflexivo que no pretenda tener ninguna certeza. Entonces el fenómeno se muestra a sí mismo, permitimos que nos muestre una faceta que hasta entonces se ocultaba, o que se muestre del todo, o que se oculte. Y esto es un "riesgo", des-naturalizar el mundo, es hacer ajeno lo que hasta ese momento veíamos como propio, es ver las instituciones como absolutamente arbitrarias, es ver el orden como contingente. A nadie le gusta vivir en tal desamparo, por eso inmediatamente después de la suspensión (después no es aquí un sentido cronológico) tendemos a una reeinterpretación, pero esta vez alimentada con la nueva comprensión que nos dio el objeto desde sí mismo. ¡Ahora puede a pensar(me) homosexual, mujer, indígenas! ¡Devengo otro, lo otro! Lo que era ajeno se me hace próximo, lo que no me planteaba problema cobra su caracter problemático. Pero, una vez más es necesario preguntar, ¿por qué? o más bien ¿para qué?
Una reflexión filosófica se funda más en las preguntas que deja abiertas que en las respuestas que ofrece, por el momento más que la voluntad por una figura del mundo que le haga justicia a la pluralidad del mundo, y esto es, que tenga la posibilidad de comprender las formas otras de vivir, de ser, de actuar, de pensar, no podría ofrecer algún otro ¿para qué? Es quizás un deseo de modernidad, si tomamos el sentido original que algún día tuvo el término, el de la emancipación de las personas de aquellas formas de dominación que los oprimen. ¿Por qué? Porque me entiendo oprimido, y opresor, porque no puedo salvarme sin salvar mi circunstancia, y mi circunstancia también es mis relaciones con  los otros, que no pueden ser creativas y  significativas si están mediadas por relaciones de dominación y de exclusión.
La apuesta por un ejercicio reflexivo, es primero, la apuesta por una vida digna, por un vivir mejor, pero como no vivo en  soledad, como nada tiene sentido si es un simple rollo que me hecho a mi mismo, sí es una simple idea con la que me convenzo (sublimo) de que las cosas son como efectivamente las pienso, entonces todo  ejercicio reflexivo debe ser el ejercicio de despliegue de lo otro. Si se me permite el malabar semántico: re-flexiono mi papel en la sociedad para desplegar las posibilidades que cualquiera pueda tener. Y estas posibilidades no son invenciones mías (quizás sí las palabras para nombrarlas), una vez más me acuerdo de Marx, esta vez en la Carta a Ruge, cuando dice: "el nuevo mundo no vendrá desde fuera, no será anticipado por el pensamiento, sino que será descubierto en la crítica del viejo mundo." Si yo quiero un mundo nuevo, no debo sacarlo de mi imaginación,  de mi fantasía, de mis deseos, hay que elaborar la  crítica de este mundo, para en esa crítica (que no siempre es discursiva, la acción es otra forma de conocimiento, aunque no  es este el espacio para exponer eso) descubrir el nuevo mundo que anhelo. ¿Cómo sé que este mundo es injusto? ¿Por qué desear un mundo otro? ¿Para qué hacer filosofía? Son  preguntas que siguen girando, abiertas, pero en el intento de su respuesta ya está su validez, ya está su verdad.

3 comentarios:

DValentineBlack dijo...

Fíjese, leimos el texto aquí en el trabajo. Sacamos varias aristas acerca de lo que esábamos pensando en la mañana, en la forma irreflexiva de la toma de decisiones de nuestra empresa. No es posible no tener una cierta estructura para las empresas, hay un miedo irreflexivo al caos, como miedo irreflexivo a la reflexión de la ausencia de estructura, así como es irreflexiva la inmediata puesta de la nueva estructura. No hay reflexión en el hacer. Ni previa, ni durante. Algunas veces es post con el consecuente arrepentimiento o aprobación. Quizá estos sólo sean sintomas de una condición más profunda y, como bien lo señala el texto, impuesta y de la cual ni siquiera se sospechan sus alcanzes ni sus raices. Aquí es sólo un minúsculo ejemplo de la forma en como se está conduciendo un mundo (posible, y esto es lo que no se entiende a cabalidad actualmente) entero.

Poeta del Caos dijo...

Creo que en el caso particular de las empresas la toma de decisiones es irreflexiva en el sentido de que sólo establece una relación de medios y fines, es decir, se toman con base en una efectividad. Pero jamás se reflexiona sobre la legitimidad de esos fines, sobre los alcances y consecuencia de los medios. No sé hasta donde las exigencias de competitividad mercantil, y de crecimiento tout court permitan hacer esa crítica de las finalidades de la empresa, para los empresarios mismos.

Frida T. de B. dijo...

Me parece que la problemática principal de pensar las especificidades culturales, como lo planteas, es el eterno problema de la sociología: ¿quién será el sujeto y quién será el objeto? Porque siempre se responde a esa pregunta desde un centro o hegemonía discursiva que categoriza lo otro y lo excluye, y es parte del propio sistema de dominante/dominado. Muy buena reflexión, saludos. :)